domingo, 28 de abril de 2013

Pampa de perros - 4



CELDAS
 
-4-

Si todos mirásemos al mismo tiempo esa oscuridad que nos ciega, que nos va acabando. Quizá la oscuridad sea menos penumbra y el fin sea menos indeseado. El cuerpo está allí, yaciente en ese ojal de muerte que parece contenerlo en el momento más vulnerable. Está allí a metros de corromperse, a segundo de hacerse podredumbre. Pero nadie está con él, sólo el largo pabellón y las miradas que desde cierta distancia van haciéndose a un lado para que la muerte no las toque. Acaso alguien que no sea su madre cruzaría aquella línea. Él sabe que no. Sabe que en medio de aquella infernal agonía nadie estaría a su lado. Alguna vez había imaginado estar tendido sobre una mata de rosas rojas después de haber caído del caballo, y Rita a su lado curando sus heridas, acariciándole el cabello, diciéndole tiernamente al oído que no podría vivir sin él. Ahora la oscuridad en su mayor espesor, ahora la soledad aglutinándose entorno a él. Sólo gritos, disparos que aún zumban embistiendo al que se le ponga en frente. Sólo el deseo, sólo el instinto de querer ponerse en pie y marcharse de allí para no volver más. El recinto parece estar moviéndose dejándote siempre en el centro, caminas y estás en el centro, tu cuerpo está tirado desangrándose  en el centro. Los gritos dan vueltas. La bala renegrida está en el centro mirándote a los ojos. Tú miras por aquella ventanita que da al patio, tu mirada se posa sobre un pajarillo negro, deseas como nunca ser él, aquel pájaro negro que ahora es gris, y que ha empezado a estirar sus alas para echar vuelo, estiras tus manos por las rejillas para que no se vaya. Quieres detenerlo abriendo tus dedos al máximo, gritas pero el pájaro no te escucha. Nadie te escucha. El pájaro está allí, en medio, desangrando.
 

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